Evolución histórica del Arte Ecuestre (I)

De la Prehistoria a la edad Media

El caballo es un ser que desde siempre ha fascinado al ser humano por su elegancia, valor y nobleza. Su domesticación cambió el curso de la historia llegando a ser uno de los motores de la evolución de la humanidad.

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Representación gráfica. Cueva de Altamira. Santander

La Historia de la equitación nos ha dejado grandes jinetes y maestros, que con su buen hacer han grabado sus nombres con letras de oro, en los más importantes Picaderos y Escuelas de toda Europa; desde donde sus conocimientos y experiencias han sido transmitidos al resto del orbe mundial.

Para hallar la palabra “caballo”, hay que remontarse al idioma sagrado de los brahmanes, el sánscrito; transmite la idea de “lo que se mueve rápidamente” como el viento, la flecha, etc.

Durante milenios el caballo no fue para el hombre más que una pieza de caza, constituyendo un elemento primordial para su sostenimiento, al proporcionarle comida, abrigo y útiles diversos, por medio de su carne, huesos y piel. Es alrededor del año 2500 adC. cuando se produce su domesticación por las tribus que habitaban Rusia Meridional y Asia Central. Estas, habiendo abandonado el nomadismo, haciéndose sedentarias, buscan una herramienta que les ayude en su trabajo, encontrándola en éste animal.

Será en dicha zona geográfica, donde se desarrollarán las dos razas de caballos, que sobrevivirán a la última glaciación y de las que descenderán todas las hoy en día conocidas: El caballo Tarpán y el Przewalski. (1)

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Bajorrelieve ibérico de piedra. Almodóvar del Rio. Museo arqueológico de Córdoba.

Hacia el 2300 adC. los sumerios comenzaron a utilizar la rueda en los carros de guerra y a ellos uncirán éste animal. Será entre el 2000 y el 1800 adC. Cuando aparezcan los primeros jinetes, quienes practicaban una equitación muy rudimentaria sin silla ni estribos, consistiendo la cabezada (jáquima) en una simple cuerda, sujeta alrededor de la cabeza del animal y de la que salía un ronzal a modo de rienda.

No existía ninguna técnica para la monta y manejo del caballo, los “jinetes” se mantenían encima del animal por equilibrio y lo hacían avanzar como podían.

Serán los pueblos mongoles, ya en el S-XII adC, quienes utilizaran una estera o manta sujeta con una cincha y unas correas a modo de grupera y de petral, cuyo conjunto servirá al jinete de silla, montando sin estribo alguno.

 

Destacar que el más antiguo documento escrito referido al caballo y su doma, se remonta, al año 1360 adC. Fue escrito por Kikkulius (Kikkuli), y en él se describe con detalle asuntos relacionados con la doma, alimentación, entrenamiento, cuidados y cría del caballo.

Llegados al S-VIII adC. pueblos como los Medos, Cimerios o Sármatas ejecutaban una equitación intuitiva y elemental, en la que la práctica y el ejemplo eran la norma. Se servían de unas correas para apoyar el pie, que iban sujetas a algo similar a una silla de montar muy rudimentaria. De este modo había hecho aparición “El estribo”, una de las grandes revoluciones técnicas del arte ecuestre.

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Estatua de Marco Aurelio. Se puede observar la ausencia de estribos y la utilización de una gualdrapa a modo de silla

Aunque los griegos no dieron gran importancia al uso del caballo, salvo en las competiciones Panhelénicas, encontramos escritores como Jenofonte (430 adC–355 adC), que desde Esparta en el 380 adC escribe varios tratados sobre equitación, que han sido la referencia para todos los maestros de equitación durante muchos siglos.

La herradura fue otro invento, que revolucionó el arte ecuestre y que griegos y romanos no utilizaron hasta bien entrado el S-VII, por creer más eficaz “la solea” o “hiposandalia”. Su uso solo se generalizará a partir del S-XI, ignorándose quién y cuando se llevó a cabo tan revolucionario invento, que se trasmitió como la pólvora y permitió al hombre dar un paso de gigante en su evolución, solo comparable al invento del ferrocarril.

Roma tampoco supo dar la importancia que merecía al uso del caballo, hasta el último tercio del Imperio; sin embargo amantes de las competiciones ecuestres, perfeccionaron la construcción de “hipódromos”. Un ejemplo fue el “Circus máximus”, cuyas ruinas pueden aún admirarse en la ciudad del Tíbet y que, con una longitud de 600 m, podía llegar a albergar hasta un cuarto de millón de espectadores.

Poco a poco jinetes y caballos comenzaron a utilizar equipos más pesados, con objeto de protegerse en el combate. Esto desembocó en la utilización de animales cada vez más grandes y corpulentos, coexistiendo en las legiones romanas dos tipos de jinetes “los Clibaniarii” y “los Sagitarii”, cuyas técnicas de monta son el antecedente de la que se llamará en la Edad media “monta a la Brida”.

Coetáneo en el tiempo, en el norte de áfrica los pueblos númidas practicaban un estilo de monta muy parecido al que más adelante se denominará “Estilo a la Jineta”. (3)

 

De éste modo y llegados a los inicios de la Edad Media, en Europa nos encontramos un jinete que utiliza una silla de montar provista de borrenes elevados con estribos y una cabezada dotada de embocadura metálica. Este “caballero de punta en blanco” se verá obligado a llevar la pierna muy estirada y hacia delante, con su centro de gravedad retrasado en relación al del caballo. Esta forma de montar le dotaba e de gran estabilidad, pero muy poca movilidad encima del caballo.

En cuanto a los pueblos contemporáneos que habitaban el norte de África, practicaban una equitación simple, sin complicación alguna. Acostumbrados a montar el camello, eran poseedores de un excelente asiento y equilibrio. Sin estribos, a menudo sin embocadura y con un simple ronzal colocado alrededor de la cabeza del caballo, eran capaces de destacar en su manejo, ya fuera en cacerías, carreras o juegos ecuestres. De este modo estos hábiles camelleros, se convirtieron también en hábiles jinetes y excelentes criadores de caballos.

En 1365 el historiador y geógrafo árabe, Aly ben Abderramán Hodeil el Andalusí (728-774) escribió un completo tratado de equitación e hipología, donde se reunía el saber ecuestre de la época. Para éste tratadista, la base de la equitación y firmeza de asiento, se adquiría montando los caballos sin ningún tipo de silla.

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Representación gráfica del estilo de monta a la jineta, practicado por los árabes del libro Síntesis histórica de la Caballería española, de J. De Sotto Montes.
Para la civilización árabe-musulmana, la equitación se concebía como un elemento esencial para la guerra; por lo que los movimientos, hoy denominados, de Escuela o de Alta Escuela, no podían ser aplicables a actividades ecuestres como la equitación de combate, los juegos ecuestres, la caza o las carreras de velocidad.

En Europa la “Escuela de la Brida”, se considerará el estilo de monta mas apropiado para su empleo por el caballero en el combate. Mientras que “la Escuela de la jineta”, traído al continente por los pueblos del norte de África, se circunscribirá a los juegos ecuestres y el manejo del ganado bravo y vacuno en campo abierto.

Durante la edad media, los caballeros se fueron reuniendo en las denominadas “Órdenes de Caballería” (4), según las creencias religiosas o los ideales de cada uno. En España muchas de éstas Órdenes acabarían formando las conocidas “Hermandades”, que diversos historiadores han considerado como el antecedente más inmediato de los que serían, a partir del S-XVII, las “Maestranzas de Caballería”, verdaderas escuelas de equitación de la época.

Torneos, justas, cacerías y alanceamiento de toros, constituyeron el deporte hípico de la época. La preparación del caballo se resumía a una doma elemental, en la que el animal solo tenía que ir hacia delante, mediante las ayudas impelentes que realizaba el jinete con sus enormes espuelas, siendo el paso y el galope los aires más comunes. Se prestaba especial atención al equipo, para que resultase útil y cómodo.

La desaparición en el S-XVII de éstas actividades ecuestres lúdico-guerreras, dio paso a los “Juegos ecuestres”; una nueva forma menos arriesgada y tan vistosa como las anteriores, de poner en practica las habilidades ecuestres.

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Representación de un Torneo. Ilustración del libro “Caballeros y castillos” de Jean Coppendale.

Sin embargo, la historia de éstos es tan antigua como la propia domesticación del caballo; las primeras referencias, las podemos encontrar en Persia y la India, allá por el S-XIX adC, donde las carreras de caballos, convivían con el “Changan”, que siglos más tarde Gran Bretaña exportará al resto del mundo con el nombre de ”juego del polo”.

En la península ibérica, Celtas, Iberos y Celtíberos ya practicaban un ejercicio a caballo denominado “cantábricus ímpetus”. Consistía éste en el enfrentamiento de dos escuadrones de jinetes armados de jabalinas inofensivas y que, colocados en un círculo, cada uno debía lanzar el mayor número de éstas, contra el escudo de aquel otro que tuviese enfrente. Los Benimerines lo denominarán “Juego de la tabla” o “Bafordar” y serán el antecedente más directos de los “Juegos de cañas” tan populares en España hasta el S-XVII; luego reconvertidos en el juego de “Correr sortijas”.

“Correr alancías”, “la carrera del gallo”, ”las Quintelas”, “la carrera pública” o “la encamisada”, son algunas de las numerosas actividades ecuestres, que no solo se desarrollaban como una actividad de diversión; sino como un medio de demostrar las habilidades ecuestres y el mantenimiento en forma de caballo y caballero.

En todos ellos el caballero utilizaba el estilo de “monta a la jineta” como el más apropiado para el evento; dejando para “el Torneo” y “las Justas” la técnica de “monta a la brida”.

J. Ramón – jramon@trotando.es

Profesor de Escuela de Equitación

Diplomado en Cría caballar